Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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El Río


El hijo de Laura, la viuda, se llamaba Jorge. Era un chaval inquieto, de pelo rojizo, piel pálida. Apenas 1.30 de fibra. Un niño sano y despierto pero, debido a las circunstancias, taciturno.


Cuando vivían en el pueblo, Jorge tenia su grupo de amigos, todo eran risas y juegos. Después, cuando su padre murió, una nube de tristeza cubrió sus vidas.


Jorge, con apenas 6 años, echaba de menos a su padre, pero era un niño alegre y aunque tenía momentos tristes, su vida era, en general, alegre. Laura simplemente se hundió. Después de todas las deudas para pagar el tratamiento de Ramón, su marido, que había muerto de un lento cáncer, abatida ya por tantos meses de lucha, cuando todo termino fue como si algo se cerrara en su interior. No quería seguir allí, en el pueblo de sus padres, donde siempre había vivido, así que vendió la casa y el huerto y se construyo una casa lo más alejada de la humanidad, esperando que las heridas cicatrizarán.


En primavera, para Jorge, las mariposas eran sus compañeros de carreras, los mirlos, ardillas y algún ocasional cervatillo, sus trofeos nunca alcanzados. También estaban los jabalíes e incluso alguna serpiente, que le hacían correr aún más que las mariposas, pero esta vez, en dirección a la casa de su madre.


Todo empezó el 5 de Abril, estaba Jorge buscando piedras planas para tirarlas al río, pensando en hacer ranas, cuando escucho unas pisadas muy cerca de él. Se dio la vuelta sobresaltado, pues no era la primera vez, que las escuchaba y vio un jabalí mirándolo mientras rascaba con sus pezuñas el duro suelo. Jorge sabía lo que tenia que hacer, subirse a un árbol o si podía, dirigirse a casa, muy tranquilamente, para no asustar al animal. Pero esta vez se dio cuenta de que no podía hacer ninguna de las dos cosas, estaba enfrente del río, en un angosto camino, la única salida estaba tapada por el jabalí, que sin duda, había ido a beber.


El animal seguía acercándose, mirándole furiosamente, y Jorge vio que tendría que zambullirse en el río. Por suerte el día era bastante cálido, unos 17 grados, y el sol de las 12 de la mañana, brillaba lo que hacia aumentar la sensación de calor. Aún así, la primera sensación fue como si se metiera en hielo, pues el agua bajaba de la montaña, probablemente de algún glaciar a kilómetros de distancia.


Jorge empezó a patalear furiosamente, en parte por inercia, en parte por vencer la fuerte corriente que le arrastraba. El jabalí se le quedo mirando desde la orilla, durante breves segundos, para después beber la fría agua, ignorando la presencia del niño. Cuando el animal sacio su sed Jorge intento acercarse a la orilla pero la corriente era demasiado fuerte y además, se dio cuenta demasiado tarde, seria imposible salvar el medio metro de desnivel hasta la orilla. Así que, casi exhausto, se dejo arrastrar por la corriente, esperando que pronto hubiera algún remanso donde subir a tierra.


Pero en vez de ello el río tomaba cada vez más rapidez y pronto empezó a asustarse pues el agua era blanca, rápida y, escuchaba, cada vez más cerca, el sonido de una cascada. De pronto, después de una brusca curva, vio el desnivel. No sabía cuantos metros caería el agua, pero se imagino que serian bastantes pues el ruido era ensordecedor y el se sentía como un corcho en mitad de una tormenta. Nada podía hacer y su último pensamiento, antes de precipitarse, fue para su padre:


- Quizás pronto me reúna contigo.


Continuará...

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