Blogumulus by Roy Tanck and Amanda Fazani

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Se llama grimorio al tratado de magia escrito entre la alta Edad Media y el siglo XVIII. Su origen es incierto, pero en Babilonia y el Antiguo Egipto ya hubo libros que recopilaban conjuros. En general, combinan cuestiones astrológicas con magia natural, talismánica, exorcismos, magia angélica y/o diabólica y conocimientos antiguos de ocultismo y constan de tres partes: la preparación del mago y de sus utensilios mágicos, los preparativos de protección, y el ritual e invocaciones propiamente dichas. Uno de los más influyentes en todas las obras teúrgicas posteriores es el titulado Sobre los Misterios Egipcios, de Jámblico de Calcis, que data de finales del siglo III d. C.

En Europa comenzaron a circular a partir del siglo XII, cuando el florecimiento de las cortes y las universidades como centros culturales independientes de los monasterios promovió inquietudes intelectuales de búsqueda en fuentes no ortodoxas. Fue entonces también que el Islam se mezcló con la cultura europea, aportando a ella, junto con el saber clásico heredado de los griegos, la astrología y la alquimia, así como algunos conocimientos esotéricos judíos.

El empleo de grimorios, por tanto, fue exclusivo de los ámbitos cultos (incluyendo los eclesiásticos), pues las clases populares no sabían leer. Eran copiados a mano en secreto, por el riesgo que representaba poseer uno de ellos. Esto explica en parte por qué, al paso del tiempo, diversas versiones de un mismo grimorio diferían entre sí. La popularización de estos libros se produjo, sobre todo en Francia, durante los siglos XVII y XVIII, cuando algunos maestros impresores se decidieron a publicarlos al ver su rentabilidad económica; a menudo, para evitar problemas, omitían los datos del editor o disfrazaban el título de la obra.

Grimorios célebres son, por supuesto, la Clavícula de Salomón, los atribuidos a San Alberto Magno, de finales del siglo XIII, titulados Los admirables secretos de Alberto el Grande (un tratado de magia natural sobre las virtudes de animales, plantas y piedras, del que se han hecho innumerables ediciones desde el siglo XVII hasta nuestros días) y Secretos maravillosos de la magia natural y cabalística del pequeño Alberto, que fue muy popular entre los brujos franceses pues además de sus recetas de magia blanca, negra, amorosa y talismánica, contiene capítulos de fisiognomía y quiromancia. Otros son el de Abramelín el Mago, descubierto en el siglo XVIII en la Biblioteca Marciana de Venecia por el marqués de Argensón, quien lo donó a la Biblioteca del Arsenal de París, donde continúa en la actualidad (se supone que el manuscrito es de alrededor del año 1458), el Liber Juratis, Grimorium Honorii Magni o Libro del papa Honorio III, y el Gran Grimorio.

Lugar aparte ocupa el Grimorio de San Cipriano o Ciprianillo, atribuido a san Cipriano de Antioquia, mago canonizado por la Iglesia católica, quien vivió en el siglo III d. C.; llama la atención que una parte fundamental de esta obra se ocupa del desencanto de tesoros. La leyenda de este personaje lo ubica a la par que otros famosos magos de la antigüedad, como Salomón o Simón el Mago. Además se le hizo patrón de las artes mágicas, los exorcistas, los hechiceros y las brujas. Su nombre está vinculado a numerosas prácticas mágicas y conjuros. La famosa Oración de San Cipriano, que se vende incluso fuera de algunos templos católicos, se usa para protegerse de maleficios de cualquier tipo.

A mediados del siglo XVIII los grimorios cayeron en descrédito, pero hacia mediados del siglo XIX, con el renacer del interés por los temas ocultistas, textos como el de Abramelín y las Claves de Salomón fueron reivindicados por organizaciones mágicas y/o neomasónicas como la Orden Hermérica del Amanecer Dorado y la Ordo Templi Orientis, en los cuales a su vez se han basado movimientos modernos como la JICA, el neosstanismo y la magia del caos. Asimismo, se divulgaron las obras de magos como Francis Barret, Eliphas Levi, Papus, C. W. Leadbeater, Aleister Crowley y Arthur E. Waite.

Y también desde esa época, surgió un pequeño sector económico dedicado a la venta de grimorios falsos, traducidos defectuosamente, “remezclados” o inventados. Esto se debió sobre todo al establecimiento de la propiedad comercial e intelectual y a la consecuente prohibición de copiar libros de otros editores y autores; entonces los editores se dieron a la tarea de buscar textos inéditos en antiguas bibliotecas; dada la poca extensión de éstos, se publicaron en compilaciones con títulos como El tesoro del viejo de las pirámides, La gallina negra (una de cuyas ediciones está complementada con “los secretos de la reina Cleopatra”), Secretos de las artes mágicas, El libro negro de la magia, y se hicieron algunas versiones del Libro de san Cipriano, Tesoro del Hechicero, adobadas con otros materiales afines, así como del Dragón Rojo; de este último hay alguna que descalifica a las otras, al pregonarse como “El Verdadero Dragón Rojo donde se trata del arte de mandar a los espíritus infernales, aéreos y terrestres, hacer que aparezcan los muertos, saber leer en los astros, poder descubrir los tesoros ocultos, los manantiales, las minas, etc”.

Hay un grimorio muy famoso, pero ficticio: se trata del Necronomicón , que contiene “magia ritual cuya sola lectura provoca la locura y la muerte”, obra de H.P. Lovecraft inspirada por la mitología sumeria, la cual atribuye al “árabe loco”, el también ficticio poeta y demonólogo de la dinastía Omeya (siglo VII) Abdul Alhazred. Entre finales del siglo XIX y el primer tercio del XX, se realizaron gran cantidad de ediciones de grimorios, habiendo llegado éstas de Europa a América, particularmente a México y Argentina; versiones de éstas se han reimpreso infinidad de veces y pueden conseguirse, buscando un poco, a precios accesibles. 
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