Desde el surgimiento de las primeras sociedades organizadas, que se remonta a unos diez mil años aproximadamente, el hombre ha usado una gran diversidad de plantas enteógenas con diversos fines como el religioso, artístico, filosófico. Las culturas mesoamericanas usaban el peyote o hikuri, los hongos o teonanácatl y el ololiuhqui o semillas de la virgen. Los Incas la ayahuasca. En Egipto se extendió el uso de la mandrágora. Los griegos ingerían el cornezuelo del centeno. Los hindúes se especializaron en el uso del cannabis o marihuana y sus derivados como el hachís o hashish. Incluso en Siberia los Koryak usaban una variedad potentísima de hongo conocido como amanita muscaria. Y así prácticamente cada cultura ancestral encuentra una significación y una legitimación ritual, religiosa, artística y cultural con una o varias de estas plantas.
En México existen una gran diversidad de plantas, además de las que he mencionado existen variedades poco usadas: como el grano de mezcal que según Peter T. Furst “es el alucinógeno más antiguo del continente”, el Piciétl que es un tabaco potentísimo y que se usa en los rituales de pipa de la paz, el toloache o datura inoxia que es una planta por demás peligrosa y usada comúnmente en la brujería negra. Entre las daturas se encuentra también el machu pal que es un arbusto cuyas semillas llamadas ceratocaulum son capaces de desintegrar la personalidad para después rehacerla.
Existe un traslado histórico desde aquellas culturas prehispánicas y su uso de enteógenos hasta la contemporaneidad donde las prácticas mencionadas encuentran otros espacios de legitimación, otros contextos, dotados de un sincretismo que los hace sustentables se han mezclado las religiones prehispánicas con la católica y de ahí han nacido personajes modernos pero cuya forma de vida y visión del mundo tienen sus raíces más profundas en el mundo prehispánico. De esta hibridación han surgido personajes tan profundamente arraigados a sus raíces como el Don Juan que nos muestra Castaneda hasta la mismísima chamana mazateca María Sabina de quien se podría escribir un ensayo aparte, o un libro aparte, o una serie de libros aparte y que alguna vez cuando niña comió hongos junto a su hermana sin saberlo y que en palabras de ella misma estaba destinada a vivir con ellos como sus aliados, sus niños santos como ella los llamaba.
Sin duda una de las representaciones más importantes derivadas de la cultura psicodélica en México fueron los jipitecas, término acuñado en los sesentas por el antropólogo Enrique Marroquín para diferenciar a los jipis mexicanos de los gringos. La distinción no solo se dio en el nombre, sino que existía una diferencia esencial entre los del norte y los del sur, pues aunque el gusto por los enteógenos era mutuo, los mexicanos crearon una identificación con el indigenismo, pues sabían que los indígenas poseían un conocimiento profundo de las plantas, lo que a los ojos de los jipitecas los puso en un nivel casi mítico y sagrado, aunado a que casi todos los jipitecas eran jóvenes de clase media o baja, productos en su mayoría del mestizaje.

Es necesario respetar y preservar las costumbres y formas ancestrales de consumo y sobre todo saber que el uso de enteógenos representa una comunión con la tierra y con el universo, significa partir de la tierra y volver a la tierra, ser uno con el cosmos, entenderse a sí mismo y comprender la esencia misma de la vida.
Otro día centraré más atención sobre algunas que no están en nuestro rincón mágico.
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